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Materiales

Materiales sanos, de baja huella y bien puestos. La elección del material importa, pero el detalle constructivo —la continuidad del aislamiento, la estanqueidad y el control de los puentes térmicos— pesa tanto o más que la etiqueta del producto.

Principio

El material es solo la mitad del problema

Un edificio sostenible no se define por una lista de materiales "ecológicos", sino por cómo se resuelve la envolvente en su conjunto. El mejor aislante mal colocado deja de aislar; la madera mejor certificada se pudre si entra agua donde no debe. Por eso conviene mirar la envolvente como un sistema con cuatro exigencias acopladas: aislar de forma continua, reducir la huella del material, sellar el paso del aire y durar.

Envolvente

Aislamiento continuo

El aislamiento solo cumple si es continuo: una capa térmica sin interrupciones que envuelve el edificio como un abrigo, sin costuras abiertas. Cada vez que esa capa se rompe —un canto de forjado que asoma, un pilar que la atraviesa, un encuentro mal resuelto— aparece una vía de fuga de calor.

Resolver bien los encuentros (cubierta-fachada, fachada-solera, jambas de huecos) suele ser más determinante que aumentar el espesor en el paño corriente. La continuidad por el exterior, además, deja la masa del muro hacia el interior, lo que aprovecha la inercia térmica.

Baja huella

Materiales bajos en CO₂: madera y tierra

Buena parte del impacto ambiental de un edificio es energía y carbono incorporado: las emisiones de fabricar, transportar y poner en obra los materiales, que se producen antes de que el edificio empiece a funcionar. Reducirlo lleva hacia materiales de baja huella.

La madera estructural almacena carbono captado por el árbol y, procedente de bosques bien gestionados, ofrece una relación resistencia-peso excelente con baja energía de fabricación. La tierra —tapial, adobe, bloque de tierra comprimida— es un material local, abundante, reutilizable y con gran inercia térmica. A su lado, materiales como el cáñamo (hempcrete), la paja o el corcho completan una familia de soluciones bajas en CO₂ que combinan aislamiento, regulación de humedad y baja toxicidad.

Hermeticidad

Estanqueidad al aire

La estanqueidad al aire es la barrera continua que impide el paso incontrolado de aire a través de la envolvente. Las infiltraciones no solo enfrían (o calientan) el interior: arrastran humedad hacia el interior del cerramiento, donde puede condensar y dañar los materiales.

El grado de estanqueidad se mide con el ensayo de presurización Blower Door, que da el parámetro n₅₀ (renovaciones de aire por hora a 50 Pa de diferencia de presión). Una envolvente bien sellada permite, además, controlar la ventilación de forma deliberada —idealmente con recuperación de calor— en lugar de dejarla al azar de las rendijas.

Detalle constructivo

Puentes térmicos

Un puente térmico es una zona localizada de la envolvente donde el calor escapa con más facilidad que en el resto, ya sea por un cambio de material (un elemento estructural más conductor que atraviesa el aislamiento) o por la geometría (esquinas, encuentros, frentes de forjado). Además de penalizar la demanda energética, bajan la temperatura superficial interior y pueden provocar condensaciones y moho.

Se controlan, sobre todo, con diseño: mantener la continuidad del aislamiento, envolver por el exterior, prever roturas de puente térmico en los elementos que deban atravesar la capa aislante y cuidar los encuentros en el detalle de obra. Es trabajo de proyecto, no de instalación posterior.

Tiempo

Durabilidad

Lo que dura es lo más sostenible. Un material de baja huella que hay que sustituir cada pocos años acaba siendo peor opción que otro algo más costoso de fabricar pero que se mantiene durante décadas. La durabilidad depende de elegir materiales adecuados a su exposición, protegerlos del agua y la radiación, y resolver los detalles para que el agua siempre tenga salida.

A la durabilidad física conviene sumar la mantenibilidad y la posibilidad de reparar, desmontar o reutilizar: un edificio pensado para durar y para adaptarse evita demoliciones y residuos, que son la forma más cara —ambiental y económicamente— de gastar materiales.

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